Kala y Elio: la risa y el silencio

En un claro entre los árboles altos y el pasto suave, vivían dos animales que parecían hechos de mundos opuestos.

Kala era una hiena joven, ruidosa y chispeante. Reía por cualquier cosa, hablaba hasta sola, y cada vez que llegaba a un lugar, el aire se llenaba de su energía. Su risa era contagiosa, y su andar… imposible de ignorar.

Elio, en cambio, era un ciervo tranquilo, de paso suave y mirada serena. Le gustaba la brisa de la mañana, el canto de los pájaros, y los silencios largos donde podía pensar sin prisa.

Ambos compartían el mismo bosque, pero evitaban encontrarse. Elio pensaba que Kala era agotadora. Kala creía que Elio era aburrido.

Un día, una fuerte tormenta cayó sobre el claro. El agua arrastró ramas, el viento rompió árboles, y muchos refugios quedaron dañados. Kala, que solía dormir bajo una roca, vio cómo su rincón se hundía bajo el barro. Buscó ayuda, pero todos estaban ocupados arreglando sus propios hogares.

Cansada, sin saber a dónde ir, caminó hasta lo alto del bosque… y ahí vio a Elio, sentado bajo un árbol enorme que aún seguía firme.

—¿Podría quedarme aquí esta noche? Solo… hasta que pare la lluvia —preguntó, sin risas esta vez.

Elio la miró en silencio, luego asintió y se corrió un poco.

Esa noche no hablaron. Pero compartieron el mismo espacio. Y en el silencio, Kala escuchó algo nuevo: el sonido de las gotas sobre las hojas, el crujir suave de las ramas, su propia respiración.

A la mañana siguiente, cuando el sol se asomó tímido, Kala se giró hacia Elio y dijo:

—Nunca me había dado cuenta de lo lindo que suena el bosque cuando no hablo.

Elio sonrió por primera vez. Y eso, para él, fue como un aplauso.

Desde entonces, comenzaron a encontrarse más seguido. Kala aprendió a escuchar, y Elio a reír más seguido. A veces hablaban, otras no. Pero siempre se respetaban.

—Somos tan distintos —decía Kala—. Pero me hacés bien.

—Eso es lo que importa —respondía Elio.


Reflexión:

No siempre elegimos con quién nos toca convivir. Pero cuando dejamos de juzgar y empezamos a escuchar, descubrimos que las diferencias no nos separan… nos completan.
La risa y el silencio, el movimiento y la calma, pueden caminar juntos si hay respeto.
Porque al final, convivir no es cambiar al otro. Es abrir espacio para que ambos puedan ser… y crecer.

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